21.4.08

Fetiche


La llamada cayó por equivocación. Del otro lado del auricular escuchó una voz masculina, grata, cálida. Conversaron ligerezas. El se atrevió a sugerir, ¿Puedo repetir la equivocación? ¡Seguro! Mañana a esta misma hora.

Así comenzó todo. Poco a poco, conversación tras conversación fueron intimando. El sortilegio de la voz adecuada puede conducirnos por derroteros eróticos insospechados. Su voz la transformaba, la subyugaba. Comprendió perfectamente a esas mujeres que enloquecían con la voz de Sinatra. La enseño cómo complacerlo, ella fue una alumna aquiescente. Sus acoplamientos a distancia - entre las modulaciones de las voces, los gemidos y las lágrimas del amor- los dejaban completamente saciados. El sugiere una confrontación personal. Ella se niega; conocerte sería tu voz y tus añadiduras.Temo a las añadiduras. ¡Dejémoslo así!

Grabó. Recompuso las conversaciones. Se construyó una voz para ella sola que le dice lo que desea oír: lo que le gusta escuchar, lo que la excita, aquello que la enamora. De buenas a primeras no lo atendió más. Cambió el numero telefónico y prescindió del emisor de la voz...



Caracas 1998

15.3.08

Insomnio

¿Qué haces antes de dormir?: lees, oras, fumas un cigarrillo,o ves la T.V. ¿Cómo duermes?: con el torso descubierto, arropado, desnudo; boca arriba, de lado o boca abajo. ¿En camas separadas o abrazado a tu mujer?
¿Y qué sueñas? Acaso me sueñas...

Caracas, 1999

14.3.08

Coincidencias



Comenzó ese trabajo por puro compromiso. Una amiga le pidió el favor y ella no tuvo mayores inconvenientes. Así fue al principio. Ahora tal como se presentan las cosas con su marido en cama, considera que su decisión no fue tan desacertada. Pasó meses atendiendo llamadas. Le causan desagrado y repulsa algunos interlocutores soeces. En cambio hay otras llamadas que reflejan la inmensa soledad de muchos...

El llamaba dos veces por semana. Para ella la comunicación es tan completa, que siente aprehensión cuando se acerca el momento de escuchar su voz. A veces lo nota cansado, otras nostálgico; le comunica todas sus frustraciones y sentimientos. Ella le dice cosas que no se atreve confesar a su marido: bésame, acaríciame, penétrame. Llegó un momento en que quiso conocerlo personalmente, a sabiendas que eso podía costarle el puesto. Sentía un lejano dejo conocido en la cadencia de esa voz. El sorprendido se cohibió y la cita nunca fue concertada.

De pronto sus llamadas cesaron. No supo a quién acudir ni dónde localizarlo. Como todas las malas rachas vienen en avalancha, su marido también se agravó y murió por esos días...



Caracas, febrero 2000

14.2.08

Crónicas sicalípticas IV



Si me abrazas…

tómame desprevenida por la espalda. Que tus brazos se ajusten a mi cintura. Constríñeme; yo aprovecharé de cerrar la tierna tenaza con los míos. Pégate mucho a mi. Huele mi pelo. Posa tu cabeza en mi espalda. Besa mi nuca, mis hombros. Sentiré tu hombría que comienza a abultarse al frotar mis nalgas. Comenzaremos un lento balanceo, acompañado de susurros. Las palabras amorosas no se harán esperar. Libero tus brazos para que tus manos acaricien mis pechos. Siempre prolongando la posición inicial. Ahora , con la cabeza hacia atrás, me apoyo en tu hombro y te beso. Mis dedos hurgan, tus cabellos, acaricien tu nuca, tus orejas. Juntas las bocas, las lenguas se entrelazan. Mi grupa se afirma, tal como tu bálano ya dispuesto para acciones más decisorias...

si me abrazas,

que sea con este abrazo totalizador: sorpresivo, protector, lujurioso, dominante, seduciente. Que dice todas esas cosas a la vez. Que no se ofrece a diario ni a cualquiera. Que no es como el abrazo formal, que se dan los amigos ni las familias. Que no va a acompañado de la inocencia del abrazo filial. Que otorga intimidad y que me concede, cuando me gires enlazados frente a frente, extasiarme en tu rostro erotizado…

si me abrazas, que sea así....

Caracas, febrero 2008
Ilustración: Vettriano

3.2.08

Veneciano




El encuentro ya estaba pautado en la Corte del Diavolo. Desde el carnivale anterior no se habían visto: una postal, unas líneas, una llamada breve. No hacía falta más para concurrir a aquella cita...

Andaba extraviada en las callejuelas y pequeñas plazoletas; sin conocer el idioma, cuando se lo lo topó de frente. No le vio el rostro resguardado tras la máscara. Sólo los ojos se comunicaron. El leyó su desesperación, ella el cobijo. ¿Posso?, le dijo. ¡Venite! y se dejó llevar. Pasaron el resto de la noche juntos. Bailaron, bebieron. Se perdieron en la multitud y en ellos mismos. Ella se olvidó de sus acompañantes y de que deambulaba en una ciudad desconocida.
Sin hablarse se entendieron: sono Piero; y yo Yolanda. Al amanecer la dejó en su hotel. Al día siguiente recibió un ramo de rosas y una tarjeta. La invitaba al baile del Lido. Se las ingenió para zafarse de su grupo sin muchas explicaciones. A las nueve de la noche, pasó por ella. Esta vez disfrazado de Arlequín. Salieron por las callejuelas. La hizo acudir a una tienda de disfraces, cambiarse el que llevaba y alquilar uno de Colombina. ¡Come sei bella! Iolanda. Abordaron el vaporetto. El baile del Lido, era más de lo que ella hubiese imaginado: un sueño feral. Nunca pensó que pasaría una vacación así. La noche transcurrió brevemente entre danzas, brindis y jolgorio. Piero durmió esa noche en su habitación y se conocieron a la manera bíblica. Así transcurrió su estancia en Venecia; entre las atenciones de Piero y el máximo disfrute de la ciudad y las fiestas.
En la despedida intercambian recuerdos, direcciones, números telefónicos. Poco a poco fueron aprendiendo a comunicarse. Pasó el tiempo, pasó la vida. Nunca faltaron las invitaciones, como tampoco los rechazos: lo siento mis obligaciones; disculpa uno de mis hijos; lo lamento esta vez… Cosas tan mundanas, los rodean y los separan.

Hasta que tomaron la decisión definitiva. A pesar del tiempo, las distancias, la cotidianeidad y los contratiempos: se encontraban -en esa plazoleta predestinada- todos los carnavales de Venecia, desde hacía ya veinte años. ¿Quién lo diría? ¡Siempre Colombina, siempre Arlecchino!


Caracas, febrero 2008

15.1.08

Chu-chu train


Cual sumiso perrito faldero, iba tras ella por toda la estación ferroviaria. Ensimismado seguía el ritmo de aquel par de nalgas que sinuosas, saltaban independientemente una de la otra; sostenidas por unas bien torneadas piernas soportadas en unos zuecos, que aumentaban la estatura de la portadora. En verdad los requería. No era muy espigada, más bien rellenita. El atuendo muy veraniego: franelita con tirantes, faldita corta y una bandana –sujetando la corta melena castaña- que hacia juego con la tela de la faldita. Todo le hacía inferir que era una chica joven, no tendría mas de diecisiete.

Subieron al vagón; se coló en el mismo compartimiento donde ella entró. La vio lanzar el maletín que llevaba en la mano sobre el asiento y apoyada en la ventana observar, como en espera de alguien. El también se deshizo de su mochila. Tosió fuertemente. Se volvió; su cara sin maquillaje tostada por el sol -salvo la boca carnosa resaltada en carmesí- le sonrió. Sintió que la arropaba una mirada azul. Asumió nuevamente su posición de observadora. La pose permitió al intruso ver un pequeño triángulo de tela, asomado por debajo de la faldita. Por detrás muy pegado a ella puso sus brazos al mismo nivel sobre el vidrio, limitando sus movimientos. Nadie reclamó, nadie se movió. La turgencia se hizo patente. Ella con bamboleos lascivos respondió al roce. Franela de por medio, apretó sus pechos. Con dos dedos recorrió la columna vertebral de arriba abajo. Cuidadosamente enrolló la faldita. Un diminuto bikini negro a duras penas cubría las macizas nalgas de sus tentaciones...

Bajó la prenda hasta las pantorrillas. Levantó un pié para permitir la salida de la pieza; luego le volvió a calzar el zueco. Comenzó a masajear las redondeces que se le ofrecían; las aprieta, las pellizca. Arrodillado hunde su cara en la mullida zona; aspira su olor. Su lengua repasa la hendidura que separa las voluminosidades. El estremecimiento del cuerpo femenino acusa las caricias. La chica -aferrada a la ventana- instintivamente separa las piernas. La mano cubre la oquedad humedecida: los dedos hurgan. Con la mano libre, desata sus pantalones; toma fuertemente el miembro que soba: dedos, mano y lengua se sincronizan. Erguido toma a la mujer por las caderas y con una maestría que sólo la práctica otorga, embocó directamente. La agita frenéticamente. El ruido de los trenes acalla las imploraciones: ¡Hay, así, dale!...hum, hum...¡ Si, así papito! ¡I like you bitch!... hugh, hagh. ¡You are so hot! y el golpeteo de sus testículos contra las nalgas. Una chispa que baja por su columna vertebral, hace ignición con el pedernal que tiene dentro. Abrazándola se recuesta sobre su espalda. Ella soporta gustosa su descanso. Trenzados se mantienen unos minutos.

Un sacudón deshace la postura. Suenan dos pitazos; el tren se pone en marcha. ¡Fuck, this isn´t my train! Sube los jeans; cierra la bragueta sin ajustar la correa. Nuevamente la envuelve en su mirada azul. Jala su morral y sale en volandas del compartimiento. El tren al ralentí comienza a desplazarse: cuh, chu, chu, chu... Aún desmadejada sobre el asiento, alcanza a ver a través de la ventana un hombre rubio –con un morral terciado al hombro- que con una mano sujeta sus pantalones y corre por el anden.



Caracas, 2003
Ilustración: Vettriano

11.1.08

Mujer ideal


Ahora si estaba convencidísimo. ¡Esta si era la mujer que tanto había anhelado!, la deseada, la ideal. Ella no podría defraudarlo como tantas otras: no lo traicionaría, no lo abandonaría jamás...

Y se la llevó a la cama. Atendió todos su requerimientos, todos sus antojos, todas sus aberraciones sexuales sin protestar; sin actitudes vergonzantes. Nunca un “tengo jaqueca”, nunca un “tengo la menstruación”. Muy por el contrario era bien poco exigente: simple, mórbida, maleable. Sólo que una noche de pasión se extralimitó y le mordió fuertemente un pezón. El amago de mujer comenzó a expulsar aire como un globo. Giró por la habitación, por el techo, rapidísimo subía y bajaba. Lo que quedó de ella, voló por la ventana...


Caracas, febrero 2004

6.12.07

Luz de luna




Noche calurosa en el llano infinito, sólo el ruido de las chicharras acompaña el vaivén de la hamaca donde cansada y a medio vestir la india está adormilada. Una que otra luciérnaga parpadea, tratando de iluminar la negrura que envuelve la mansión solariega y ella allí a su cuidado, mientras los habitantes en tropel se mudaron a la capital.

¿Que hacer mientras tanto? Descansar del trajín ocasionado por la partida. Aprovecha ese bien ganado descanso. Cuelga la hamaca en el corredor y no en la choza. Dueña de todo: de la casa, de los animales, de la vegetación, de la inmensidad que la rodea. Tirada a través en la hamaca en el sopor que la aplasta, mira al cielo pero no logra ver las estrellas que le gustan tanto. ¡ Hoy está nublado !, dice. Ella no entiende de constelaciones, sólo le gusta verlas iluminar cuando la noche está despejada, que no es esa.

Va clareando. Llentamente se apartan las nubes. Un rayo de luz va a dar directamente a la cara de la durmiente. Se espabila. Contempla la luz azul de su visitante, allí está luminosa –solita como ella- sin nada que las perturbe. Se despereza con pausa, se incorpora. ¡Te estaba esperando!, dice. De la hamaca cae el camisón. Da unos pasos y ya está en el patio debajo de los rayos fríos que la bañan. Sensual, hechicera, revitalizada. ¿Cómo no sentirte Maria Lionza? Danzas con movimientos paganos y ancestrales al ritmo de una salmodia. En trance cae al piso, brazos y piernas abiertos. Una lluvia de luciérnagas titila a su derredor. La agitada respiración que sacude los pechos se sosiega. Está quieta, muy quieta. Sólo las gotas de sudor se mueven sobre la tersura de la cetrina piel. Semeja una estatua de cera azul. Ahora la luna, ella y la Diosa son una…


Caracas, noviembre 2005
Ilustración: Sayorama

26.11.07

Ultima voluntad



Es mi voluntad, mi derecho y así está pautado. No quiero confesiones, ni halagos; ¡al carajo! Sólo que me traigan lo que pido, de lo contrario nada. Esas fueron sus últimas palabras al Alguacil de la cárcel...

Esa noche la trajeron. Era una mujer menudita sin mucha presencia física, pero quizá con bastante arrojo –o mediante una paga muy alta- para acceder a pasar la noche con un tipo así. Entró en la celda en el pabellón de la muerte donde él ya lleva semanas esperando. Lo vio allí de pie y le pareció muy alto y corpulento o sería quizá su reticencia, sus temores, que hizo que así lo percibiera. Me llamo Peter y tú. Me dicen La Menuda por mi porte, pero me puedes llamar Malú. Esbozó una leve sonrisa; ese nombre siempre me gustó. ¡Acércate!, la conminó imperioso. Cerró el postigo de la celda y se sacó el uniforme a rayas Ella colocó sus pertenencias sobre el duro camastro.

Lo contempló de arriba abajo, era un tipo fornido, con un extraño tatuaje sobre el bicep izquierdo y una portentosa hombría que no desentonaba con el resto de su anatomía. Para ser un tipo que pronto moriría le pareció de buen talante, quizá hasta amable -incapaz de haber podido cometer aquellos terribles delitos que le imputaban- cuando con delicadeza, sus manazas la desnudan. Tú déjame hacer, recuerda que ahora mando yo aunque sea por última vez, le dijo a medida que la sobaba.

Tuvo que inclinarse un poco para rodearla. Entre la suya desaparece la diminuta boca. Ella responde a sus ardores; le manosea la méntula, los testículos, las nalgas. Colgada de su cuello la sostiene, para que a horcajadas cabalgue sobre su miembro erecto y engrandecido. Se frota sobre la cabalgadura. Al sentir un estremecimiento la detiene. Alzada en vilo, le chupa los pequeños pechos que ocupan su boca. Luego nuevamente la cuelga de su cuello. Las piernas de la mujer a duras penas rodean las caderas del hombre. Sus manotas abarcan las nalgas; un grueso índice se introduce férreo. Entrecortados gemidos acusan el placer.

Como si fuera una niña pequeña la coloca sobre sus hombros. Con su fortaleza la sostiene. El púbis está directamente sobre su cara mortecina. Se hunde en la oquedad. Ella se retuerce de placer. ¡Así, así, cómeme! Tiembla, languidece. Un sabor acre le invade la boca.

Ahora, siempre cargada -la maneja cual títere- sentados sobre el camastro la coloca sobre sus piernas de espaldas a él. Reposa sobre sus hombros tersos: aspira el olor de su pelo. Con lengua y dientes recorre el surco vertebral. La mujer, gime, balbucea. Ensalivando una mano, unta su falo. Lentamente comienza a recorrer el pasadizo que lo oprime. Con la mano libre acalla el grito. Espera unos segundos para completar la faena y suelta la boca prisionera. La balancea: arriba, abajo, arriba, abajo. Los sonidos del placer acompañan el vaivén. Contra la nuca, siente ahora sus resuellos. Un fuerte chorro tibio rebasa su trasero.

Se tira en el camastro. Malú se incorpora. Luego de contemplarlo unos minutos, con parsimonia se asea y comienza a ordenar su aspecto. ¿Por qué, las mataste? Ya no tiene importancia, le responde. En otras circunstancias, quizá tú hubieras sido una de ellas. ¿A qué hora será? Mañana a primera hora. Esperaré aquí contigo, ¿Puedo? y se ovilla a su lado. Abrazó a la chica y dijo con voz resquebrajada: Perdóname, perdóname por todas las otras.



Málaga, enero 2004
Illustración: Bearsdley

30.10.07

Rogativas




A mi vecinita Mariana la conozco de toda la vida; o sea cuando nací ella ya estaba allí. Vivimos a un patio de por medio. Es mi gran amiga. Sólo ella; las otras chicas me cargan. Mis amigos me hacen mofa, pues no entienden por qué prefiero la compañía de Mariana a la de mis amigotes. Sólo a ella me gusta llevarle los libros y compartir la merienda y sentarnos juntos en el transporte escolar y sentir su perfume de recién bañadita en las mañanas y ayudarla a colocarse el sweter –que huele a ella- y ver su sonrisa de agradecimiento... y, y....o sea, que Mariana es la única chica que no tiene la cara llenas de granos. O sea, ¡Es tan linda! y además es mi única amiga. Ya lo dije....

Para acercarse más a Mariana, Javier optó por remover unas de las tablas de la cerca, así podía pasar al patio vecino sin hacer todo un rodeo por la calle. Siempre se propuso vencer todos los obstáculos que pudieran separarlo de su adorada Mariana. Estaba convencido que si el mundo -es decir sus mayores- se oponía a sus deseos, Dios estaba de su parte.

Lo que aún no había superado, era esa odiosa separación de los miércoles cuando la mamá de Mariana la recogía directamente en el colegio - ¡Para llevarla a la maldita clase de ballet!- y el regresaba solitario y desconsolado a casa. Luego desde su ventana, espiaba el regreso de ambas al anochecer. Se consolaba pensando que al día siguiente estaría nuevamente sentada a su lado y le comentaría, todo lo que hizo esa tarde que él no estuvo.

¡Señor!, tú que todo lo puedes, oye mis súplicas. Que la profesora de Ballet se enferme; que el carro de la mamá de Mariana se descomponga. De tal tenor eran las rogativas de Javier para contrarrestar las fuerzas omnipotentes de un mundo, que se le figuraba cruel y despiadado y que no tenía en cuenta su sufrimiento. En algunas ocasiones parecía que Dios lo escuchaba. Entonces, el carro se accidentaba, o a la profesora de ballet le daba gripe, o el padre de Mariana sufría algún percance menor en la construcción donde trabajaba y ese fin de semana no se iban a ninguna parte. Esto convencía a Javier de su expedita conexión con el supremo.

Hoy hospitalizaron a mi abuela. ¡Que contentura! Mis padres se trasladaron a cuidarla y yo pude quedarme al resguardo de los vecinos. ¡Qué no salga del hospital, Diosito santo! Estoy muy feliz aquí donde Mariana. Fíjate que compartimos el desayuno y el baño: fíjate que cuando Mariana me enjabona la espalda siento un cosquilleó en el pipí y jugamos con el nintendo y vemos los programas de TV comiendo palomitas de maíz. ¡Diosito esto es tan chévere! ¿Sabes?, me quedaría aquí por siempre. ¡Qué mis padres no regresen nunca, papá Dios! Que mi abuelita la operen, que entre en coma, lo que sea. ¡Anda pana, invéntate cualquier cosa con tal de quedarme aquí!

Pero esta vez, al interlocutor no le llegaron las reiteradas súplicas del fervoroso creyente. Los padres de Javier regresaron y él –muy a su pesar- volvió a su casa. Fue allí cuando sufrió la peor desilusión de su vida; la abuela había muerto …


Caracas, junio 2003

27.9.07

La pernada



"Existe entre nosotros algo mejor que un amor:
una complicidad". M. Yourcenar.


La espléndida mesa está atiborrada de manjares, finos vinos y toda clase de delicadezas propias de la región. Otras traídas desde España para tan magna ocasión. El Papa Alejandro VI, ocupa el sitial de honor flanqueado por su concubina y la hija menor, la bella Lucrecia. En la esquina opuesta está sentado César –con la máscara que oculta las trazas de la sífilis, o de la maldad, o de ambas- quien atisba con mirada concupiscente a su hermana.

Veinte años, dos compromisos, un divorcio y una viudez a manos del celosos César, es todo su historial. Lo demás: bruja, envenenadora, disoluta, son puras habladurías del vulgo. Culpas ajenas que ella carga como una némesis, como parte de su legado genético.

-Es un fet..! Aixa ho decidit i et casaras…! Necessitem el ligam amb en Ferrara. Ja tinc prou amb Savonarola, per haver d´escoltar també les teves queixes…No foites més, Lucrecia..!- la admonición fue exclamada en el idioma materno. Es lo habitual entre los Borgia. Volver a sus orígenes cuando tratan sus taimados asuntos. El festejo sella el compromiso de Madonna Lucrezia y Alfonso Duque d´Este. La mesa plena de signori venidos de todas partes de Italia, parecen no notar el efecto de las palabras recién proferidas por el Papa. Cada cual ocupado en sus pequeñas intrigas. Sólo César –rodeado de condottieri- parece estar atento a los movimientos de su padre.

Después de tanto hartazgo los comensales se van retirando. Lucrecia solicita la venia de Alejandro, se levanta de la mesa acompañada por su dueña y va a sus aposentos. Su habitación más parece una celda de monja de clausura que el dormitorio de una princesa. La dueña hace los preparativos para el reposo de su ama. Madonna Lucrecia apesadumbrada se cepilla la cabellera y masculla: ¡Siempre he de ser yo el instrumento para los inconfesables designios de mi padre ¡ Unos golpes a la puerta la vuelven a la realidad….

-Dueña, anda a ver quién es.
-Es su Señoría, vuestro hermano mi ama.
-César , ¿qué quieres? ¿qué buscas?
-¡Vengo por la pernada !

Caracas. 2005

2.9.07

Los primeros viernes



Las visitas a Inés se han convertido en un ritual. Todos los primeros viernes de cada mes la buscas, se van a la misa de la tarde y luego a una confitería. Como mucho a un cine. Ambas han sido amigas desde el colegio. Ahora que están viudas -va para unos seis años- y de mediana edad se asisten mutuamente ¿Que hubiera sido de nosotras sin nuestra amistad?, te preguntas...

Cuando se abrió la puerta él ya estaba allí. Dudaste unos segundos para entrar al ascensor, pero lo viste tan arregladito, con esa carita juvenil, bien trajeado y con su maletín que terminó por infundirte confianza. Buenas tardes, buenas contestó él. ¿A cual piso va ?, siete por favor.

El ascensor arrancó. Clementina –porque ese es tu nombre- buscó perder la mirada en cualquier punto, como siempre hace uno cuando se monta en un ascensor. El fijó su mirada; la detalló de arriba a bajo. Clementina terminó por sentirse incomoda y esbozó una tímida sonrisa.

El hombre detuvo el ascensor bruscamente. Colocó el maletín a un lado y se zafó la corbata. Se le fue encima sin preámbulos. Clementina aterrada no logra reaccionar, sólo sus ojos desorbitados delatan su pánico. Comienza a manosearla por las piernas. Le sube la falda. La toquetea toda. Ella lívida siente que está a punto de desmayarse cuando le abre la blusa y le besa el cuello, los pechos. Clementina comienza a temblar. Su besuqueo y acariciamiento va acompañado de palabras soeces.

Al ver la masculinidad del joven, Clementina trata desesperadamente de zafarse y sonar la alarma. El agresor la detiene con su mano en la entrepierna; hurga habilidosamente el objetivo que Clementina desea defender. Cambia su actitud, siente algo que creía olvidado que hacía ya mucho tiempo no probaba y se deja ir. Comienza a responder a las caricias y cuando el ariete derriba la entrada, dice a gemir y suplicar.

Los acomete un temblor. No sabe definir si es ella o es el ascensor que se precipita. Se retira; aún extenuada la abandona. Recompone su aspecto. Detiene el ascensor en el sexto piso. Sale sin hablar, sin voltearse siquiera a verla. Clementina todavía sin reponerse se asoma a la puerta y alcanza a gritar ¡Vengo todos los primeros viernes, a la misma hora!

¡Y ahora! ..¿cómo le cuento esto a Inés ?


Caracas, abril 2005
Ilustración:Vettriano

22.7.07

NOVELA

Como la vida misma
(capítulo 3)

El paraíso en la otra esquina…

Es un cuarto de hotelucho como cualquier otro en las inmediaciones de Quinta Crespo, destartalado pero limpio. Ella ahora ya no está asustada. Otilio la hace sentir segura. Además ya se conocen. Son varias las veces que en el cine, sentados en las últimas butacas, Otilio le chupa los pezones y hurga en su entrepierna. Ella acuna su verga, la lame -Otilio le enseñó- la recorre con toda su lengua, lo besa y aprieta con sus dedos. Antes que eyacule, se le monta con las piernas abiertas dándole la espalda; así Otilio la abraza, le aprieta las nalgas, la maneja, la hace subir y bajar a su ritmo y antojo. Ahora la novedad es el cuarto de hotel, donde nunca ha estado. Ahora la novedad es la luz, la desnudez, tendidos en la cama. Los detalles del cuerpo: las sinuosidades, las concavidades, las planicies. Los colores del bello púbico, su textura. La piel blanca, los labios carnosos y succionadores. Ahora, son los cambios de posición, los olores y sabores de la crica, los del bálano. El sonido de los quejidos, las risas -ya no hay porqué acallarlas- las palabras que se dicen, las que se dejan de decir, aquellas que no se completan: te amo, te am, te …
Caracas, 2006

7.7.07

Cuentos de una sola línea

Libro de alcoba

Era un libro tan erótico que en vez de prefacio tenía prepucio.



Caracas, marzo 2001

19.6.07

Crónicas sicalipticas III



Amante perfecto

"Nada se sabe, todo se imagina". Fellini.

A partir de unas escasas referencias –con la asistencia del imaginario que nunca me abandona- he logrado construirte; acorde a mis necesidades, a mi gusto, a mi carácter, a mi medida. Si me es negado el placer de descubrirte al menos tengo el de inventarte. Digamos que normal y corriente: ni muy bajo, ni alto, complexión delgada, fibrosa y con la imprescindible marcada musculatura; mediana edad. Cara fina, nariz perfilada, labios finos -no por ello menos aptos para desvariados besos- y una sombra de barba cubre tu rostro. Manzana de Adán prominente. Pelo negro, con visos plateados que se pierden en la maraña de tu cabello. Ojos también negros y mirada inquisidora. Reflexivo, sensible, dado a la ponderación, sagaz y por supuesto machista.

Los sonidos de tu voz metálica -esto lo capte muy vivamente desde el primer día que la escuché- ya me son familiares: cuando me nombras, cuando ríes, cuando gimes apasionadamente, cuando murmuras a mi oído. Tus fuertes brazos y tu pecho me cobijan muy cálidos, cuando me abrazas así por detrás -amparosamente- y escondes tu cara en mi nuca, te adhieres a mí y mis nalgas -ropa de por medio- acogen tu pene. Tienes finas manos de dedos largos, ¿ será que las siento suaves porque me acarician ?

Me gusta tu pecho, en cuya vellosidad ya asoman ciertas canas. Percibo el ritmo de tu corazón cuando -después del imaginado coito- reposo sobre su batir todavía agitado; luego lentamente se va acompasando con el mío. El ombligo profundo y oculto. Tu pene no muy grande -que no lastime- a la necesaria medida de mis oquedades: boca, vagina, ano. Aquiescente a mis antojos; erguido, venoso, tumefacto, paciente a mi satisfacción, lento en su discurrir. Tus muslos y pantorrillas fibrosas, tus pies largos de delgados dedos. ¡Ah, tu espalda! ancha y lunareja. Hirsuta en respuesta a los mordisqueos que cuentan sus lunares. Las parcas nalgas protegen, ante cualquier intento de penetración, el estrecho anillo.

No he obviado ni tu olor, ni tu sabor, que permanecen por mí durante días después de haberte acogido. El primero dulzón, mezclado con un dejo de tabaco. El otro un poco salobre, un poco acerbo, se me confunde con el sabor seminal...

Saberte convierte los momentos sencillos en mágicos: el sabor de una copa de vino, la calma de una caminata, el perfume de un ramo de flores, la alegría de las mañanitas claras y soleadas, los tráfagos de un viaje, la magnificencia de una sinfonía, el escalofrío de las primeras nevadas, la sensualidad de una siesta, la exacerbación de los sentidos en las tardes de verano, la cadencia del bolero que bailo, la cháchara de la conversación con las amigos, el afán por las lecturas, al cantar Night and Day. ¡Todo se transforma con sólo ficcionarte!

Te sé para los asuntos definitorios: mis emociones, mis sentimientos, mis sensaciones. Eres tan mío como ajeno. Semejante a cuando vemos la noche colmada de estrellas; se disfrutan pero no están allí. ¡Eres el amante perfecto!


Caracas, abril 2004
Ilustración: Vettriano

28.4.07

Hurtos

"El azar no escoge, propone". Saramago.

Clotilde se despierta sobresaltada. Aquel ruido no era habitual y menos a esas horas nocturnas. Cubierta con el albornoz y cautelosa pero decida, se dirige al lugar de donde proviene el ruido. La lamparita del estudio está encendida. En la penumbra una figura trastea en las gavetas del escritorio. Enciende la luz.
-¿Qué hace?
-¡Uf, me asustó! Creí que no había nadie.
-¿Cómo así? Esta es mi casa y en las casas siempre hay gente.
-Si, pero como estamos de carnaval, todos se van de vacaciones.
-¡Pues yo no! ¿En fin, que pretende robar?
-Cosas pequeñas: joyas, dinero.¡Ni siquiera vengo armado! Esta es mi primera vez.
-¡Que alivio! Mire joven, ya que me desveló que tal si nos tomamos algo: un café, un trago.
-Prefiero lo último. La verdad , estoy más asustado que usted…

La dueña de casa seguida del intruso se dirige a la cocina. Sirve dos tragos; conversan. Ya al tercer brindis Clotilde dice:

-Creo que usted y yo podemos llegar a un trato.
-¿Un trato?
-Si, pase por aquí. Las cosas de valor están en mi recámara.

Ya en la habitación con el mayor desparpajo, sin camisón, Clotilde coquetea con el joven. Lo seduce y lo lleva a la cama con muy buenos resultados para ambos: él demuestra ser un buen saqueador y ella que sabe dejarse saquear. Luego del agotamiento Clotilde se incorpora y va al closet. Retira la ropa. Abre una pequeña caja fuerte empotrada en la pared. Toma un cofrecillo. Se sienta al borde de la cama donde yace el ladrón. Con el cofre sobre sus rodillas muestra su contenido y dice:

-Estas joyas son herencia de mi familia y es todo lo que hay. Tú verás si te las robas todas de una vez, o te las llevas de a poquitos..


Caracas, febrero 1999

28.3.07

Concerto grosso



A paso rápido y embozado pasa bajo las arcadas en la nocturna ciudad. La Serenissima descansa. No se escucha el golpeteo de los remos contra el agua ni el parloteo de los gondoleros. El joven Giacomo camina presuroso, casi invisible en la bruma que sube de los canales. Cruza un puente y otro y otro. No sin dificultad trepa el muro que lo separa de su objetivo, mejor dicho de sus objetivos, en plural…

La luz de luna le permite ver que tocó el césped en los predios del Ospedale de la Pietá. Un gran parque lo separa del edificio que se encuentra a oscuras. Apresura el paso. Un frondoso árbol lo ayuda a trepar a una ventana del segundo piso. ¡Perfecto! Sus cálculos lo sitúan en el lugar indicado. Sigiloso se escurre en la gran sala llena de camas literas. ¿Por donde comenzar? ¡Por abrir las ventanas! Despiertan las jóvenes durmientes; unas asustadas, otras no tanto. Son diez y seis hermosas huérfanas que asombradas ven al apuesto intruso elegantemente trajeado con peluca y tricornio. Sonríe y hace chist con el índice sobre los labios para indicarles calma y silencio. Las niñas obedecen. Con parsimonia las toma de la mano; dejan sus camas y forman un círculo en medio del salón. Un corro mágico que parece salido de una pintura de Tintoretto. Vengo a daros una lección de música, les dice. ¿Porque ustedes estudian música, cierto? Si, tenemos una camerata. La iniciamos con el Prete rosso. El nos enseñaba pero nos abandonó; además, nunca celebró una misa pero sí muchas óperas, contestan en atropellada respuesta.

Yo me llamo Giacomo. ¿Tú cómo te llamas ? pregunta a una jovencita morena, a quien toma por la cintura. Cattarina, señor. ¿Y cual instrumento tocas ? La Viola da gamba, responde. Se dirige a otra y hace igual . Yo me llamo Margherita y toco el Corno di bassetto. Clavicemballo, dice Giusseppina. Mandolina, riposta la una. Yo el Piccolo, dice la otra sin esperar la pregunta. El intruso divertido y a manera de juego va repasando toda la orquesta. Las chicas ya se muestran más confiadas. Envía a una de ellas a la puerta para asegurarse que no habrá intromisión alguna en el dormitorio y con mayor confianza se planta en medio del círculo.

Sin capa ni sombrero, sin casaca, abre su camisa. Deslía su calzón y toma su enorme miembro con la mano. ¿Este instrumento lo conocéis? dice, al mostrarlo al coro de niñas que con ojos muy abiertos, entre sorprendidas y asustadas indican que no con las cabezas. Mejor así esta será una primera lección. Toma a una de las alumnas y la atrae hacia sí. La pone de rodillas ante él y le ordena: ¡ toca esta flauta dulce!, sin prisa. Yo te enseñaré como. La alumna sigue las instrucciones de su convincente profesor. ¡Basta, basta! por ahora. Ven tú, le dice a otra joven de grandes senos. ¡Seré yo quien acerque esas dos boquillas a mi boca! Toma los senos de la chica y chupa sus pezones con fruisión.

Luego hace entrar a otras al circulo erótico: a esta la besa, a otra toma de las nalgas, a una acaricia el pubis, a aquella lame los pezones, a esa se le esconde bajo el sayo. Una a una hace desfilar el serrallo para la lección de flauta. Con tórridas palabras recorre el pentagrama de los juegos amatorios. Indícales como hacer y como dejarse hacer.

Las jóvenes obedecen cuando les ordena acostarse nuevamente. Entonces Giacomo totalmente desnudo comienza su ronda por las literas. Primero Margherita, luego Cattarina y ahora Giusseppina. Asunta y Emilia juntas, después Lucia. A cada una llega su turno. Las muchachas –alumnas aprovechadas- siguen los pasos de su mentor. Unas se quitan las camisolas; algunas ayudan en las maniobras sexuales. Otras se satisfacen mutuamente a la espera de su turno. La noche transcurre entre atenciones apasionadas para él y para ellas. Giacomo como maestro orquestador mete su batuta en todos los instrumentos con allegro, adagio, fortissimo y gran finale. Ellas logran un concerto grosso de suspiros, quejidos, exclamaciones, risas y susurros de amor. Las campanas que llaman a los maitines ponen fin a la lección musical. Giacomo se viste y despide de sus improvisadas alumnas: ¡Mis queridas niñas, volveré para la segunda lección!

Envuelto en su capa hace el recorrido de vuelta. Il campanile retumba las campanadas del amanecer. Giacomo atraviesa la plaza sin premura. Se detiene para anotar en su cuadernillo: Primavera 1753, 16 nuevas pupilas.


Caracas, marzo 2007

27.2.07

Precocidad virtual

Poco a poco me fui acostumbrando a sus menajes. Diariamente nos escribíamos. Nos contábamos la vida: gustos, esperanza, sueños, cotidianeidad. Me apegué a un ceremonial de seducción. Llegué a enamorarme a través de un medio cibernético, impersonal y distante. A pesar de ello sentía que había una transparencia de sentimientos correspondidos. La soñaba, la disfrutaba, la padecía. ¡Esa relación virtual fue mi obsesión! Llegó un momento en que ya no me satisfizo el erotismo a distancia. Apremié un acercamiento más íntimo, más físico. Deseaba tenerla aquí, entre mis brazos; poseerla. La precisé. Le pedí sus datos, una cita. Finalmente accedió. Me dio unas señas que me parecieron algo extrañas. En mi locura, en mi entusiástica lujuria, no me detuve a pensarlo.

Acudí a la cita. A medida que avanzaba llegué a una casona grande. Un colegio de señoritas. ¿Será una profesora?, díjeme. Me aposté a las puertas del colegio. No me iba a echar atrás en ese instante. Sudada la frente; ¡pum, pum, pum! el corazón. Primero salieron las niñas, luego profesoras y profesores. Nadie me abordó. Al rato se acercó el vigilante a cerrar la verja. ¿No queda nadie?, pregunté. ¡Quedo yo! respondió una colegiala de unos doce años que salió de la nada...


Caracas, 2000

Feministas avant-garde



Dícese que Teseo acompañó a Heracles en la expedición que hizo al país de las Amazonas –en ese entonces no se llamaban así- y por su participación en esa lid recibió a Antíope en premio. Pero la realidad no fue así...

Las mujeres al ver llegar a tantos guerreros apuestos no opusieron resistencia y por el contrario, los recibieron con presentes y agasajos . Hipólita perdió su cinturón. Antíope subió a la nave para ofrecer su persona al guerrero y Teseo desentendiendose de sus propósitos de batallar, levó anclas y la raptó. Heracles iracundo ordenó aniquilarlas que para eso habían ido. Las míticas guerreras –salvo las que lograron huir- fueron violadas y pasadas por las armas…

Fue a partir de entonces que las Amazonas, abochornadas por su flaqueza inmolaron sus pechos, para que nunca más los hombres las desearan.


Caracas, 2000
Iustración: Bearsdley

Compromiso

Dejaste el almacén apresurada y cargada de paquetes. A esa hora y en ese momento las calles están repletas de gente que va y viene. Jurarías que todos decidieron salir justo el mismo día en que viniste a la ciudad, para adquirir las últimas pertenencias que lucirás en el compromiso de tu hija. ¡Tan repentino! Nunca pensaste enfrentarte a algo así. Celeste te escribió que se conocieron en el post-grado y escasamente incluyó detalles. Ahora vienen para que lo conozcan y participen en su casamiento inconsulto, que ya tiene decidido - ¡Celeste, siempre tan voluntariosa!- celebrar en Boston, donde vive la familia de él.

Se disputaron un taxi que al final ninguno de los dos abordó. El hombre caballerosamente ofreció llevarte los paquetes. Cohibida ante su presencia pusiste un sin fin de excusas para eludir su compañía, pero a medida que más insistías tu rechazo demostraba cuanto te había impactado. No cejó hasta convencerte de almorzar en una cafetería. Conversaron trivialidades. Ya de tarde te acompañó hasta el hotel donde te alojas. Quedaron ¿o quedó él?, en volverse a encontrar.
Le informaste muy vagamente que solo te resta el fin de semana en la ciudad. ¡Suficiente! respondió.

La siguiente mañana apareció temprano. Telefoneó desde la recepción del hotel. Te invitó a desayunar. ¿Qué puede haber de malo? Una aventurilla inocente y nunca más lo volveré a ver. Después de tantos años de tediosa conyugalidad merezco una fantasía, pensaste.

Nuevamente de compras. Te ayudó a elegir, te distrajo, fue atento. Deliberadamente diste pocas pistas. El tampoco se mostró muy explicito. Me llamo Amelia y soy de aquí. Yo Oliver -dijo en su media lengua- y estoy de paso. Luego en la noche salieron a tomarse unas copas y a bailar.
El regreso a altas horas fue propicio para encubrir deseos y prejuicios. Se quedó en tu habitación y como era de esperarse, yacieron apasionadamente. Al día siguiente desapareces dejándolo aún entre las sabanas...

Corto tiempo pasó de esa escapada que aún recuerdas. En los días venideros han de aparecer hija y futuro yerno. Crece la tensión entre tú y tu marido debido a la reticencia que el compromiso de Celeste les ocasiona. La chica telefoneó, ¡Hola Mamá! llegué ayer. Iremos mañana a almorzar. Todos los preparativos están listos; te esmeraste en la decoración de la mesa, en la preparación de los platillos -el pasticho de berenjenas que tanto le gusta a Celeste- en la escogencia de los vinos. Sonó el timbre de la puerta. La mucama fue a abrir. Ustedes en la sala esperan tensos el insoslayable encuentro.

Oyes la inconfundible voz de Celeste, que aproximándose del brazo de su prometido dice : ¡ Papá, Mamá, les presento a Oliver!



Caracas, junio 2004

29.1.07

Frente a mí misma


Aquí estoy en el Prado -no es para menos- dada mi alta prosapia; sonreída, recostada provocadoramente sobre almohadones en mi canapé. Los brazos detrás de la nuca soportan mi cabeza. Desenfadada, a la espera que vengan a extasiarse con mi belleza.
Soy doble y soy única. No por error, ni por pudor, como dice la conseja. ¡Francisco y yo jamás nos llevamos por tales pareceres! El lo quiso así, lo hizo adrede -como una travesura- a manera de trompe-l'oeil. Yo frente a mí misma. Acertaron con la intención del pintor. Estoy colocada de forma tal que si te paras frente a mi y miras a un lado, me verás desnuda y del lado opuesto aparezco vestida. Algunos prefieren detenerse en mi cuerpo: admirar mi piel, mis axilas, mis turgentes pechos, la concavidad de mi vientre, mis piesecillos. ¡Ah Paco, como me conocías! Los mas pudorosos me prefieren trajeada. Entonces se recrean en los finos detalles y el colorido del traje goyesco ...

Aquí viene a contemplarme un tropel de seres de todas las épocas y edades: unos rubios altos, otros morenos fornidos y unos bajitos de ojos rasgados que portan un sinnúmero de extraños aparejos. Hablan idiomas que desconozco, pero sus rostros bien que reflejan el deleite que les causo. Todos concuerdan -eso si que lo entiendo- me lo dicen sus ojos; vestida o desnuda, ¡Soy muy Maja!



Caracas, mayo 2003
Ilustración: Goya

23.1.07

Madre vicaria

Cuando tuvo al niño en sus brazos –a causa del infortunio- Florencia asumió su maternidad por mampuesto. Era una mujer que siempre afrontó la vida con decisión y supo ganarse su espacio. Una mala pasada de la misma vida le impidió completar su destino de mujer. Así quedó sola hasta el día de hoy. En adelante tendría la compañía del sobrino, para dar sentido a su existencia.

Hizo un pequeño atado con lo indispensable –para no cargar tanto lastre doloroso- y se lo llevó a casa. Desde el momento que traspuso la puerta asumió la reconstrucción de su vida. Manuel que así se llamaba el chico de unos seis años, era obsecuente como esos seres habituados a no exigir mucho de su entorno. No le causó mayores molestias moldearlo a semejanza de sus manías, no sólo por inculcarle lo que consideraba buenos hábitos, sino también por su necesidad de cuidar a otro. Se ocupó del bienestar físico y mental del niño, de su escolaridad, de sus hábitos alimentarios, e higiénicos. Especialmente era muy puntillosa en aquello que consideraba buenas maneras y ese ritual lo transmitió a Manuel. Por otra parte, como le parecía indecoroso usurpar el puesto de su verdadera madre, acostumbró al muchacho a llamarla tía.

Pasaron los años y Florencia sintió que nunca había sido tan feliz como en ese tiempo. Siguió apegada a las rutinas que conformaban su vida al lado del chico: arroparlo de noche, prepararle las meriendas, más de una vez le enjabonó la espalda, más de una vez se cuidaron mutuamente durante las enfermedades y más de una vez permaneció con el alma en vilo cuando Manuel ya adolescente, comenzó a despegarse de manera más prolongada de su regazo. Con el crecimiento del muchacho sintió venírsele de repente otra responsabilidad más espinosa. Indicios de la inequívoca transformación de Manuel se asomaban a su físico : una manzana de Adán que sobresale, un bozo incipiente sobre el labio superior, una ligera sombra de barba y debería adentrarlo en aquellas cosas que los chicos aprenden de quienes no deben aprender y practican con quienes no deben practicar. Allí, pensaste, los hombres deben ser distintos. ¿Por dónde será el camino ? No lo sabes, pero sí entiendes que no vas permitir que tu criatura -levantada con tantos mimos y dedicación- afronte un momento tan espinoso bajo riesgo físico y mental al primer impulso hormonal que lo acometa.

Estos pensamientos consumieron varios desvelos en la cama. A partir de sus insomnios reafirmó lo que consideraba que debía hacer. ¿Quién más apropiado que tú para guiarlo en su paso iniciático? Comenzó a ver a Manuel desde otra perspectiva. Lo trataba de forma más mórbida. Ya no soslayaron los temas que hasta hace sólo unos meses atrás, eran considerados tabúes entre ellos...

¡Será esta noche, o nunca! Te levantaste del lecho envuelta en tu batola transparente. Tus sentidos acelerados no te arredraron; igual te encaminaste al cuarto de Manuel. Con sigilo abriste la puerta de la habitación en penumbra. Llegaste hasta la cama donde el chico profundamente dormía. Desnuda al borde del lecho lo hiciste a un lado. Te acurrucaste quedamente. Manuel entreabrió los ojos pero no se asombró. Te recibió con ternura. ¿Tienes miedo, tía? dijo. ¡Sólo temo por ti! . Entonces abrázame tía.


Caracas, mayo 2003

2.1.07

Sestear


"Vení a dormir conmigo; no haremos el amor.
El nos hará". Cortázar


Nuestro primer encuentro, ocurrió en la celebración del cumpleaños del gay que se graduó con ellas. Con mi novia nunca fueron grandes amigas, sólo compañeras de carrera que se encontraban ocasionalmente. Al momento de las presentaciones hubo una fugaz atracción que supimos disimular a los demás, salvo las miradas furtivas que cruzamos toda la noche.

No nos volvimos a ver. Después de un tiempo me envió un correo electrónico. Comenzamos a escribirnos frecuentemente. Una tarde recibí una invitación: ven a sestear conmigo. Extraña y sugerente proposición; ¡tentador! pensé. Debido al compromiso con mi chica no respondí su correo.¡Si seré pendejo! con lo que me gusta y lo buena que está. Pasé días pensando en su propuesta. A la semana siguiente la reiteró. Decidido accedí y acordamos para el viernes. Me las ingenié con el trabajo y burlé a mi prometida, a medio-día estaba en su casa.

Fui amablemente recibido. La mesa puesta con todos los detalles para un almuerzo frugal: ensaladas, quesos, panes y vinos. La conversación eludió el tema de mi noviazgo. Después de la sobremesa –ella manejaba la situación- me condujo a su recámara en penumbra. Una vela encendida ofrecía un grato olor y daba un ambiente misterioso y relajado al lugar.

Desenvuelta se desvistió y repartió un pijama masculino. Para ella la camisa, para mí los pantalones. Mientras me los colocaba destendió la cama. Acostada me conminó a imitarla. Obedecí; estaba muy tenso...

Se ovilló de espaldas a mí. Parte de sus nalgas asomaba por el borde de la camisa. No se movía; parecía reposar. Continuaba envuelto en un sopor sin saber que hacer. Temeroso, me volví hacia ella e intenté una aproximación. Sin inmutarse recompuso la posición. Quedamos muy acoplados. Suspiró profundo. ¿Será que se durmió de veras? Opté por seguir su sensual juego; cerré los ojos.

El silencio era interrumpido sólo por nuestro alientos. Sentí el pum, pum de mi corazón, el perfume de su cabellera, mis testículos tumescentes como nunca y el roce de mi bálano que pugna por salir del pantalón. Me deshice de él. El pene libre y erguido buscó acomodo entre sus nalgas. Por debajo de la camisa mi indecisa mano tanteó los senos que no caben en ella. Prolongué el recorrido de las caricias. Vuelta de cara a mí -en su duermevela- abrió su camisa y acogió mi falo en el canal de sus grandes pechos. Luego nuestras lenguas se enlazaron en un demorado beso. Su pierna libre montó sobre mi cadera. De lado y siempre a ciegas, penetré suavemente con poquísimos movimientos salvo los de su vagina que me succionaba. Me anegó un onírico orgasmo prolongado e intenso.

Cuando abro los ojos vuelto de costado y abrazado a la almohada, sigo con el pantalón puesto. Confundido me estiro despacio. Volteo para constatar si aún estoy acompañado. La bella durmiente seguía allí. Parte de sus nalgas asomaba por el borde de la camisa.


Caracas, 2003
Ilustración: Bearsdley

17.12.06

Crónica sicalípticas II

La tela de Penélope

Es el más delicioso juego que por siglos hemos jugado los humanos. Práctica que considero tampoco está vedada a los seres irracionales, si deseamos entender por igual al cortejo previo a la cópula. Los humanos estamos predispuesto a su ejercicio elaborándolo y reelaborándolo incansablemente en cada jugador. Pensadores –con los cuales no puedo parangonarme- han incursionado en su consideración: Baudrillard, Alberoni, Octavio Paz, otorgándole credenciales de variado corte.

La seducción es un arte que generalmente se aplica al plano amoroso, pero su espectro es más amplio. Enriquece mente, cuerpo y espíritu. La creatividad que implica desafía la mente para no caer en monotonías. El cuerpo se siente invadido por erotizaciones fantasiosas. El espíritu se renueva con emociones inesperadas y promesas esperanzadoras, que pueden llegar a concretarse en la prueba sensorial de lo físico. La belleza de la seducción consiste en su esencia lúdica, sensual, sexual y libre. Nunca directa, siempre sugerida, oculta –interpretando signos- para no rasgar el encantamiento.

La seducción es una relación de amor mediante la participación voluntaria del sujeto, para el logro de su rendición. No tiene nada que ver con la manipulación, que implica una situación de poder y es la quiebra involuntaria del otro. La relación entre ambas –seducción y manipulación- semeja a la existente entre erotismo y pornografía.

No existe seductor sin seducido ni viceversa. Una ambivalencia que va incrementando el placer-sufrimiento. Dice Baudrillard “seducción y perversión mantienen relaciones sutiles”, que comporta y termina por conducirnos a situaciones extremas. Entonces se consigue lo deseado. Aquello por lo cual se desplegaron todas las imaginaciones y los esfuerzos. Todo se transforma en un sortilegio que entrega sus frutos. Así el que obtiene lo que supone su logro -engañado por un falso triunfo- termina por convertirse en el seducido. Ha traspasado la sutil línea divisoria. Se da cuenta -si acaso- de la paradoja de caer en su propia trampa. Ha tejido su dependencia del otro para completar su propósito. Luego los tan deseados bienes -al verificarse en lo real- pierden todo su encanto. Punto de no retorno, que nos impele a elaborar otra red que siempre será el mismo tejido. Como la tela Penélope...


Caracas, 2004

La Mantuana


(a Ana Milagros Mijares, reducto del mantuanaje caraqueño)

Estimar que la reclusión de Angélica en un claustro garantizaría una inexpugnable seguridad a su mantuano linaje, era la ingenua suposición de Don Gervasio De La Fuente y Torrentes. Sin mediarlo más y a pesar de las lagrimas de su mujer y su hija -especialmente de ésta última- la ingenuidad pasó a ser acción. Así, Doña Angélica De La Fuente con dueña y todo fue a parar al convento de las Reverendas Madres Concepciones, hasta tanto su señor padre concierte un provechoso casorio.

Todo este embrollo comenzó por el revuelo acaecido en la Catedral el día aciago de Corpus. Don Gervasio hizo acto de presencia acompañado de Angélica y toda su comitiva en el atrio del templo. Los allí presentes se quedaron sin aliento; los hombres, por la pasmosa belleza de la joven y las mujeres por la envidia. En efecto los atributos y galanura que adornaban a la heredera de la familia De La Fuente, se quedaban cortos del dicho al hecho. Lo que venía a corroborar que nunca nadie portó un nombre tan mal endilgado ¿Cómo podía ser angélica quien levantaba tan endemoniados deseos? Esto bastó y sobró para que los mozalbetes de la ciudad intentaran el asedio a tan codiciado tesoro. Don Gervasio tomó las previsiones del caso colocando a su hija a buen resguardo.

Los primeros tiempos de encierro y privaciones causaron en la bella un estado nostálgico que hicieron temer por su salud. Debido a esto le fue asignada la frecuente visita del Capellán del convento, quien hacía el mayor acopio para poder acudir al encuentro de tan perturbadora belleza. Doña Angélica supo sacar ventaja de sus precarios recursos. No porque su padre lo decidiera iba a permitir se agostara, entre maitines y salmodias todo aquel torrente vital que le corría por las venas. Como era de esperarse el único varón a su alcance comenzó a sufrir el acoso de la reclusa. Dedujo que si para Francesca y Paolo había dado resultado aquello de las lecturas, no veía ella por que habrían de fallar en su caso. Así que de lecturas piadosas pasó a frecuentes confesiones de pecados veniales. Luego la pecadora optó por los carnales y concupiscentes.


En contraparte el casto confesor recurrió a las flagelaciones y cilicios para calmar sus malos pensamientos, acicateados por las insinuaciones de la jovencita. También a causa de esos tres diminutos lunarcillos negros -justo allí en medio de los senos- que Angélica no dudaba en mostrar maliciosamente, cuando se reclinaba para sus frecuentes comuniones. Pero lo que más lo conturbaba era ese olor hormonal e indefinible que la joven exhalaba por los poros, y que él percibía a través de la rejilla del confesionario exacerbándole los sentidos.

Aquella tarde ordenó a su dueña ir por el confesor. El Padre Evaristo a su pesar -por la disyuntiva en que lo colocaba esa petición- apeló a los deberes de su ministerio y accedió.

La esperó en el confesionario. A los pocos minutos cerró los ojos e inhaló el aroma que precedía a la Mantuana. Al abrirlos se percató que ella no estaba reclinada ante la ventanilla, sino que irrumpió dentro del confesionario. De pié y en actitud desafiante observaba al confesor demudado y anhelante. Angélica cayó de rodillas ante el joven cura. El misal y la estola rodaron a sus pies. Sacó habilidades hasta entonces desconocidas para ella. Levantó la sotana y abrazó las piernas de Evaristo quien paralizado y totalmente expectante no opuso resistencia. No imaginó Doña Angélica que el asunto fuera a complicársele de tal manera. Para su sorpresa debajo de aquel faldón había a unos pantalones y dentro de ellos un bulto que latía justo allí frente a su cara. Este revés no amilanó a la curiosa. Beneficiándose de la indefensión del oponente aprovechó para desliar la prenda. Vio por primera vez -en sus cortos años de vida- el inequívoco signo de la virilidad del confesor. Ella no pudo precisar de donde sacó tanta iniciativa. El no entendió cómo rindió sus votos ante tan pecaminoso acto. La jovencita con la sapiencia y espontaneidad que los instintos deparan besó, lamió, acarició y chupeteó el bálano que respondiendo a sus caricias se ensanchó y de forma acompasada, entraba y salía de tan cálido recinto.

No pudo más. Tomó a la mujer de las axilas y la incorporó ante sí. Levantó sus enaguas y hundió la cara en su vientre. Absorbió aquel olor -indefinible e inquietante- que llevaba instalado desde siempre en su pituitaria. De un solo tirón desgarró el calzón de Angélica quien gemía y balbucía incoherencias que lo instaban a continuar. La colocó a horcajadas sobre su sexo. Ambos cayeron en el banco. El grito de la joven fue amordazado por la mano de Evaristo. Su boca -ávida después de tantos años de sequía- absorbió de los labios y la lengua de la chica. A la vez con manos trémulas, acariciaba aquellos lunares y los pechos que tan golosamente se le ofrecían. Lentamente con ritmo regular el balanceo de ambos les permitió acoplar su disfrute. Angélica se contorsionó hacia atrás. Lanzó un incoercible quejido que retumbó en la capilla y que esta vez no pudo ser acallado por Evaristo, quien en ese mismo instante había perdido todo sentido de coordinación. Entonces se zafó del abrazo. Levantó delicadamente a la chica -aún desfalleciente- y la puso sobre la banqueta. Recogió estola y misal. Acomodó su apariencia lo mejor que pudo y salió del confesionario.

A partir de aquel encuentro el Capellán se volcó con mayor dedicación a su ministerio. A diario impartía los sacramentos a diestra y siniestra. La Madre Superiora al ver como Angélica cambió su inicial actitud ante la estadía forzada en ese recinto sagrado, llegó a considerar la posibilidad de su ingreso al claustro en calidad de novicia. Como los designios de Dios hasta para sus esposas son desconocidos, cuando el aya solícita fue a la celda de Angélica a despertarla consiguió su lecho intacto. La jovencita fue buscada por todo el convento. Su desaparición causó gran alharaca y estupor. Antes de decidirse a notificar a Don Gervasio, las monjitas optaron por esperar la misa para solicitar consejo del Capellán. Pasó la hora de la misa, esperaron hasta el ángelus y el Padre Evaristo no portó por el convento...


Caracas, 2001

Como si fuera ayer


Ya hace cuatro meses que no veo a Julia y aún así cuando la recuerdo, me da en lo güevos. Creo que mientras funcionó los dos primeros años fueron los mejores de mi vida. Quizá ella también opinará lo mismo. ¿Quién sabe? Luego todo se va agotando. Se instala la rutina que no deja espacio a la incertidumbre. Comienza el distanciamiento y la vida se va al carajo. Sólo me resta esta vaina, como una nostalgia que no se definir. Por eso prefiero recordar la buena cama y no esas pequeñas desavenencias que van royendo todo. Por eso mismo si ella quisiera seguiría allí. Por eso suprimiría todo lo demás; aquí no ha pasado nada y me la seguiría cogiendo. Por eso es que Julia siempre me vuelve a suceder…

Aún tengo las llaves, así que abrí la puerta y como es costumbre pregunte: ¿Hay alguien en casa? La llamé pero nadie respondió. Fui a la cocina y nada. Fui al estudio y tampoco. Escuché el ruido que salía del baño –la puerta estaba entreabierta- y cuando me asomé vi a Julia duchándose, envuelta en el vapor de agua que lo invadía todo. ¡Hola¡ le dije, creí que no estabas. ¡Coño, me asustaste! No te escuché con el ruido del agua. Vine por el resto de mis cosas, tal como convenimos. Ya está todo recogido lo puse en el estudio. Bueno, me lo llevo. Ella acotó: no te olvides dejar las llaves al salir. Roberto te llamaré un día de estos. No dije más nada ¿para que? Me di cuenta definitivamente que todo se fue a la mierda y que no hay vuelta atrás.

A pesar de eso me quedé parado allí. Recostado de la puerta y en silencio, ensimismado en su visión. Julia seguí en su ablución con el agua bien caliente como le gusta. Alargué el brazo, descolgué su albornoz y me lo llevé a la nariz. Aspiré profundamente su olor a hembra. La figura morena se traslucía tras la puerta de vidrio de la ducha. Pude verla toda. Como cuando estábamos desnudos en la cama. Luego volví la bata a su lugar. Con cuidado me acerqué. Apoyé mi dedo en el vidrio empañado. Lentamente comencé a dibujar su silueta: sus nalgas, la espalda, su nuca ¡ah! allí la mordía para inmovilizarla cuando la enculaba. Luego la cabeza de pelos crespos, como los de su crica. Su perfil; me detuve en la boca carnosa y succionadora. Sus pechos ¡me gustaba chuparlos!. Mi dedo hacía las funciones que otrora cumplía mi lengua. Cuando estuve a punto de tocarla en la entrepierna -subterfugio de por medio- me volvió a pegar en los güevos y tuve una erección.

Me retiré silenciosamente. Ella ni lo notó. Mientras me dirigía al estudio sobé mi pene para aquietarlo y volverlo a su posición. En el estudio casi todo estaba igual, excepto que mis discos ni los libros ocupaban su lugar. Nuestras fotos tampoco lucían como antes. Las dos cajas estaban apiladas en una esquina. Me agaché y las levanté. Con mi carga a duras penas pude abrir la puerta de salida. Lancé las llaves al piso y salí dando un portazo. Luego en el ascensor me dio por pensar pendejadas; quien quita y algún día me necesite y otra vez me vuelva a suceder…


Caracas, 2005
Ilustración: Vettriano